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Cumplido el mes desde que acabaran mis (nuestras) vacaciones afirmo que he recuperado nuevamente mi condición de MoMo. Las mañanas tempraneras y las prisas matutinas, las niñas aparcadas en el cole, el trabajo in crescendo, los compromisos candentes, velocidad en las venas, sin aire, sin pausa, y con los niveles de nerviosismo retornando poco a poco a su línea habitual. Sí, definitivamente esa soy yo y yo misma. Cuanto menos aliento tengo, más yo soy, mucho más Modern, dónde vas a parar. En la base de mi autorrealización está precisamente ese sin vivir, porque no hay MoMo sin dolor, imagino que eso lo tenéis todas muy claro. Mola muchísimo. Me pregunto si la otra, la abnegada madre y esposa del periodo vacacional, hubiera podido existir realmente de no haber sido pasada a degüello por el tamiz de los 80… Who knows. Who cares. Una es lo que es y en lo que es se siente plena, así que aquí me tengo, de subidón, con renovadas ganas de comerme el mundo y encauzar proyectos. Soy muy plasta, la verdad.

El dilema actual es que mientras yo me voy complicando la historia con montajes y locuras nuevas que mantengan mi tono, ahí está mi hija de 4 años opinando que este curso el nombre de su clase debería ser, atención, “Princeses i Cavallers”. Cuento hasta 10… ¿¿¿¿¿¿princesaaaaasssssss?????? OMG, mi hija, la hija de una auténtica MoMo que fue entrenada durante cientos de días sin noches para ser una triunfadora, ahora resulta que quiere ser ni más ni menos que un muermo princesil, una pava soslayada, una llorica a la espera de un príncipe azul buenorro y forrado de pasta. Pudiendo ser una pringada como yo… quiere ser princesa.

Así que en estas me tenéis, manipulando vilmente a mi hija, intentado convencerla de que es infinitamente más satisfactorio ser una jabata superviviente como su madre que una princess estupenda con su dinerito desviado y blanqueado, sus chalets con jardinero cachas en camiseta imperio, sus vestidos de alta costura y sus fiestas de postín. Yo lo estoy intentando, amigas, pero algo me dice que esa batalla la tengo perdida. ¿La buena noticia? Se confirma que ella es sin duda mucho más lista que yo.

Buenos días, princesas.

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¿Qué me decís del momento del año en el que los dichosos calcetines desalojan la lavadora? ¿no recibís ese día con el mismo entusiasmo que a un quilo menos? Tender, destender, emparejar y plegar calcetines, menudo atraso. Deberían venir imantados entre ellos e incluso con el cajón (idea absurda pero no patentada). Las vacaciones de verano empiezan el día exacto en que nos liberamos de los calcetines, cuando los preciosos piececitos de nuestros babies se descubren y nos iluminan a todos, tan redonditos y perfectos, equiparables en belleza al nivel de fealdad de los pies adultos, que son una cosa monstruosa pese a que les quitemos las pielajas y les pintemos las uñas, sí, sí, sin excepción.

Así que: restamos calcetines y también bodies, adelgazamos las camisetas, acortamos los pantalones, sustituimos jerséis por vestiditos y así, como si nada, pasamos de lavadora diaria a dos por semana. Me voy de parranda con mis babies O-E O-E O-E. Con ellos, sí, porque en la otra cara de la moneda-calcetín, las MoMos tenemos a nuestros niños de vacaciones. Y eso sí es un festival que deja al de Benicássim (de los ’90) a la altura del betún. Nosotras curramos, así que los peques son enchufados en casales o con los abuelos. Pero asumimos que en su periodo de descanso merecen disfrutar el mayor tiempo posible de la madre que les parió, con lo cual, llenamos las largas tardes de parques y actividades infantiles mientras nuestras amigas kids free nos cuentan que en un mundo paralelo está pasando algo genial y adictivo llamado rebajas. Son tan monas nuestras amigas sin hijos…

Suerte que por lo menos yo me permito el lujazo de hacer jornada intensiva en Julio, y de este modo el mes pasa que ni me entero… Pero luego llega Agosto y de eso me entero más del doble: ¿hay algo más “excitante” que pasar las vacaciones con los niños a tiempo completo (y no me vengáis con el cuento de que saltar en paracaídas lo es más)? No me veo contestando sola a esa pregunta, que cada una plantee su respuesta, por favor. Sí, esto es un test…

¿Cómo sobrelleváis vosotras el Agosto rodeadas de vuestros retoños?

  1. Es lo mejor del mundo
  2. Sobreviviendo como se puede
  3. Ejem…

(Os habréis dado cuenta de que he omitido plantear una opción del tipo “pero compensa”, expresión que reservo solo para las conversaciones en el ascensor)

Sea como sea a mí este año me apetece muchísimo pasar el mes de Agosto con mis niñas porque las echo de menos. Tengo la sensación de que con tanto trabajo y autorrealización requerida, me pierdo mucho de ellas y eso es lo más dantesco: que me paso el día corriendo para llegar a cubrirlo todo y al final diría que cada vez cubro menos.

Así que estas vacaciones no habrá ni viajes ni mucha salida nocturna. No creo poder tumbarme relajadamente a tomar el sol. Pero haré castillos de arena y chapotearé. Volveré a aprender a ir en bicicleta y jugaré a pelota. Revisaré la caligrafía de las vocales y los números. Contaré cuentos e inventaré algunos. Comeré temprano y descansaré cuando las niñas lo hagan. Hablaré de los amigos de clase, de dibujos animados y de fantasías. Y, como el año pasado, acabaré Agosto convencida de lo mucho que habrán avanzado mis hijas ese mes, para luego concluir que en realidad han avanzado tanto como los meses anteriores, solo que esta vez yo habré estado ahí para verlo. Ya os contaré…

Feliz verano, amigas.

Coincidir con una MoMo en nuestro entorno de trabajo viene siendo de lo más habitual, porque todas compartimos el gen ese de masoquistas que nos lleva a querer autorrealizarnos a toda costa y trabajar como tontainas, perdón, como es debido. Coincidir con una MoMo en un proyecto, reconocerla a primera vista y mantener el contacto con ella pese a los cambios de camino, eso es lo que me pasó a mí con nuestro tercer caso, una tipa con mucho más que encanto. Temblad romanos…

Caso 3 / Bárbara, swinger e intento de runner

Caso 3 / Bárbara, swinger e intento de runner

Bàrbara, barbins, barbitúrica, barbarecha, barbacue, barbs, ebavs, babs, barbie, barbi, babsi. 34 años.

Fui consciente de mi embarazo en Ibiza, tras una juerga nocturna para el recuerdo. Lo siguiente fueron 3 trimestres fáciles de engorde que acabaron en 3 días de contracciones y 3 minutos de expulsivo (bonito palabro).

  • Bombo único a los 30, niña Júlia, de 3 años ahora (#yyaconhashtagpropio #juliapetarda)

Dedicada al mundo online desde los veinte años, comparo mi día a día con un calendario de entregas, con sus deathlines y sprints incluidos en solo 24h. Ojo al dato:

  • 7:15h Suena el despertador siempre y cuando la petarda le deje llegar a hacerlo. A partir de ahí la coordinación es básica: Víctor prepara los desayunos y viste a Júlia, no sin antes dedicar unos minutos a “intercambiar” con ella cuatro impresiones acaloradas sobre su estilismo del día. Yo me ducho, me visto y nos sentamos a desayunar. Los mayores charlamos 5 minutos; la pequeña mira la tele. Víctor pasa a ducharse. Y nosotras apagamos la tele, pipí de salida, “papa, un besitooo” y hacia el cole.
  • 8:15-20-25-30-35h Sorteamos la terrible pendiente de nuestra calle, agarradísimas de la mano, y nos encaminamos a buscar el “bus grande”. Ambas comentamos el tiempo, tengo una meteoróloga en potencia: “¿las nubes chocarán hoy, mamá?”, “hace sol pero, ¿has visto la luna?!?”. Subimos al autobús, nos sentamos justo bajo el pulsador de parada más atractivo al resto de ocupantes (nos gusta el riesgo) y bajamos en la 4ª parada sin contar la actual.
  • 8:45h Llegamos a la guardería y esperamos a que papá llegue en moto. Los tres juntos subimos a clase, saludamos a Irene, a los conejitos, nos despedimos y Victor y yo volvemos a la calle, desde donde decimos adiós a la peque mientras ella nos saluda subida a su sillita. Nos encanta este ritual, tal cual, sin variar una sola coma. Hacemos el check-in en Foursquare y nos robamos la alcaldía. ¡Bien!
  • 9:00h Trabajo, trabajo y trabajo en Seocom, dónde me dedico a gestionar proyectos online, SEO, SEM y de reputación de marca. Llamadas, reuniones, pollos de última hora, estrés, risas, miles de emails, algun WhatsApp y pocas miradas furtivas a Instagram y/o Facebook. Si podemos, Víctor y yo intentamos comer juntos. Caso contrario, uno va al gimnasio y el otro se dedica a hacer algo de vida social.
  • 18:30h Se acabó la jornada. Apago el ordenador y me planto el “traje de faralaes”: deportivas, mallas, sudadera, Spotify con la playlist “chumba” o “wladies” y a correr media horita hasta casa. Uno, dos. Uno, dos. El mundo es mío, oh yeah. LLego empapada, cargada de energía, despresurizada y lista para disfrutar de la petarda.
  • 19:00h Intento que esta sea mi hora de llegada, aunque no siempre lo consigo. Abro la puerta de casa y acude corriendo mi loquita, rizos al viento. Se lanza en mis brazos gritando “maaamiii”. Me derrito un poco. “Mamaaa, ¿me pones las canciones del otro día y bailamos?” Le pongo temazos de los ’90, como Technotronic, y perdemos el sentido del ridículo, juntas. Intento jugar con ella un rato largo, aunque últimamente el iPad, en estrecha colaboración con Peppa Pig y Masha i l’ós, me está robando la exclusividad del momento.
  • 20:00h Llega “paaapiii”. Abrazo, besazo y él me reemplaza en la ronda de juegos. Mientras yo voy preparando la cena ellos van viniendo a fisgonear. Hasta que les largo de la cocina y les invito muy amablemente a poner la mesa.
  • 20:45h A cenar: “¿puedo probar esto?”, “¿y aquello?”, “¿esto picaaa?”. La petarda sabe que nos gusta el picante y tras haber caído víctima de él unas cuantas veces ahora siempre nos pregunta antes de probar. Y al hacerlo suele concluir: “qué ascooo” (pique o no). Así de mona es.
  • 21:15h Los 3 al sofá, exhaustos, hasta que ella misma interrumpe: “¿a quién le tocaaa?”. Cada día uno de los dos la lleva a dormir y le lee 1 cuento (que acaba convertido en 2 o 5). Rematamos los cuentos y disfrutamos de los mejores momentos del día: abrazos, caricias, las anécdotas de la jornada y mil vueltas hasta que se duerme.
  • 22:30h Solo quedamos 2 en el sofá, pero estamos casi borrados. “¿Qué tal amor?” y charlamos medio rato antes de repasar nuestras redes sociales: Instagram, Facebook, Twitter, Pinterest. Nos relacionamos con los amigos vía WhatsApp o email (nota para mis amigos: ahí, en el plano bidimensional, os aseguro que existimos). Cuadramos nuestras agendas y hacemos previsiones para el fin de semana, que podrían incluir bailar swing el domingo en la Virreina de Gràcia, en el Parc de la Ciutadella o en La Sedeta. Dejar de practicarlo en el Lindyhop es uno de los sentidos sacrificios de nuestra agenda semanal.
  • 23:30h Fin. The end. A la cama. Ese momento en el que constatas que todo, todo, está genial. Y que mañana viene MÁS.

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“Ayyy esa cabecitaaaa” me suelta Paco cuando entro en su farmacia por segunda vez esta tarde buscando desesperadamente “el antitusivo homeopático para niños que me llevé la otra vez” y que he olvidado comprar media hora antes. Y en ese preciso instante acuden a mi cabeza-esta-que-falla las instantáneas de todas esas MoMos que lamentan a la puerta del colegio los montones de cosas mega urgentes e imprescindibles que han olvidado hacer ese día, por ejemplo, apuntar en la libreta de notificaciones escolares que la niña tenía una sutil rojez bajo la axila derecha que había que controlar rigurosamente cada 2 o 3 minutos a mucho tardar.

Veamos, entre nosotras, ¿de verdad os habéis creído eso de que estamos perdiendo memoria? Pensadlo bien, vosotras que sois listas y Moderns, ¿por qué le llamamos “perder” cuando queremos decir ROBO? Somos víctimas de nuestra condición de MoMo, expoliadas en nuestra capacidad mnemotécnica que de por sí es muy superior a la del resto de los mortales desde el momento exacto en que se nos acaba la baja de maternidad. Y aquí en cuatro líneas os lo voy a demostrar, que hoy vengo con sobredosis de chulería post verbenera, inaguantable como la que más.

Va, al tajo con la demostración empírica del saqueo al que nos vemos sometidas. Primero los datos: confesad, ¿de cuántos culitos os preocupabais hace un tiempo? Vale, nada peor que un mal ejemplo. Vuelvo a intentarlo: ¿de cuántas comidas os encargabais hace unos años? ¿de cuántas carteras, colegios y armarios roperos? ¿de cuántas pieles atópicas, bronquitis y mocos? ¿de cuántas visitas médicas (estando buenísimas cómo estabais estáis)? ¿de cuántas actividades sociales? Y al fin la pregunta que nos llevará directamente a la conclusión irrefutable: ¿cuántas malditas bolsas hacíais vosotras antes cuando salíais de fin de semana? Ok, muchas, pero eran todas vuestras, para vuestros zapatitos, trapitos, pitillos y cremitas. Aquello, aquello era vida. Menuda vidorra.

Con lo cual, debemos concluir que somos mártires de una situación en la cual el nivel de exigencias a nuestra capacidad de recordar ha crecido de manera directamente desproporcional a nuestro tiempo libre. Y dónde antes cabíamos nosotras, nuestras amigas, el curro, la/s pareja/s, nuestras fiestas y los conciertos, hoy se cuelan la prole, sus infinitos requerimientos y las familias de ambas partes. Y TODO cabe. Sí, sí, claro que cabe, tontitas… Nuestra memoria es ahora una orgía de exigencias que caben sin favor: han de entrar. Sin vaselina. Y hasta os gusta… 😉

Con lo cual, tras auto reconocernos víctimas del saqueo a nuestra RAM, la buena noticia es (tambores, por favor): ¡podemos olvidar! Tenemos bula para cometer olvidos diarios y sonados, y nosotras tan anchas. Indulto automático. Y la más merecida matrícula de honor: nuestras cabezas de super Moders, queridas, están en mejor forma que nunca. Podéis pasar a recoger vuestro certificado sellado cuando queráis. El sello MoMo es, cómo sabéis, vuestra mejor garantía.

Una MoMo nunca será un auténtico espécimen de raza pura si no se rodea de otras Moderns como ella. Una que quiera presumir de serlo DEBE tener unas cuantas estupendas amigas Moderns Moders con las que dejarse ver, pues ellas contribuirán a completar su auténtica esencia de MoMo. Esto, queridas, es condición sine qua non (aunque, tranquilas, vosotras estáis salvadas sean cuáles sean vuestras amistades, porque me tenéis a mí y yo os planto el sello por decretazo, a ver quién me dice ná).

Sin más preludio, os presento pues a una de mis avales, una MoMo inspiradora, una figura de referencia para todas nosotras. Ella es nuestro segundo caso…

Caso 2 / Creativa, trendy y cobaya lover

MoMo Caso 2 / Creativa, trendy y cobaya lover

Jasmín, alias Jazz o Jazz Galvany. Solo unos meses para alcanzar la (hasta ahora) edad de las puretillas: 40 años que pienso llevar como si fueran 39 (al menos hasta los 49 y luego ya veré).

  • Primer bombo a los 30, niña Bruna, de 9 años ahora (una MiniYo sin lo loco del Yo).
  • Segundo bombo a los 33, niño Mauro, de 6 años ahora (él contra el mundo).
  • Tercer bombo a los 36, niño Jorge, de 3 años ahora (Gremlin en sus ratos libres).

Y este es mi día a día (aunque tengo la suerte de poder variar e improvisar de vez en cuando):

  • 7:15h Suena el despertador mágico que desde hace 14 años no ha gastado su pila (gracias Carla, ¡el mejor regalo de bodas!). Salto literalmente de la cama y me ducho, pelo incluido (no me lo saco, no). Me visto con rapidez y empiezan los desayunos.
  • 7:35h Los pitufos se despiertan uno a uno con el sonido del microondas que calienta la leche y mientras Doraemon ameniza el momento. Si su padre no está de viaje (cosa altamente probable), empieza a ducharse. Yo les sirvo el desayuno, les visto, cuelgo mi foto diaria de Instagram, hago un par de twitts para Listiamo y otro para mí. Pongo abundante desayuno a nuestras 3 cobayas (alter ego de mis hijos), les planto cuatro carantoñas y salimos por la puerta… ¡ya llegamos tarde!
  • 8:40h Corremos hacia mi precioso Fiat 500 retro que está aparcado en zona verde en… ¿dónde? ¡no me acuerdo! ¡niños ayudadme! Dejo a los niños en el cole después de escuchar el reggaeton, el Gangnam Style y The Cure, siempre en este riguroso orden. Y son las…
  • 9:07h Normalmente tengo reunión con cliente a primera hora y luego trabajo. Soy freelance e intento marcarme un horario amigable (cuando se deja). A veces coincide con comidas profesionales y eso también va bien. Nunca dejo de twittear entre coche-cliente, ascensor-salida, taxi-destino, etc. Eso nunca. Revisar mis redes sociales es un vicio, una profesión y un hobby deportivamente aceptado por mi día a día. Hasta que recojo a los niños en el autocar, tengo tiempo de trabajar en mi proyecto profesional, Listiamo, revisar emails, controlar mi blog Mares de Barcelona, comprar y, a veces (las menos), comer dignamente: un poco de ensalada con una lata de atún. Uaaauuu.
  • 17:15h Llegan los niños y ¡taaarde de fiestaaa! Vienen cansados, los 3 hablan (ladran) a la vez. No quieren caminar, no quieren merendar lo que les he llevado, no quieren por defecto… un drama, de verdad (os permito llorar). Por suerte una ya tiene sus trucos y siempre consigo distraerles con algún cebo interesante como las pelis del cine, la última anécdota de las cobayas, lo que haremos el finde, etc. Y seguidamente les bloqueo en uno de los dos parques cercanos, aunque a veces sacrificamos el parque porque tenemos recados pendientes, pediatra o muchos deberes (la mayor).
  • 18:25h Cruzo los dedos para que todos los vecinos hayan optado por salir a airearse durante las 3 horas siguientes, porque el volumen en casa va en aumento: el pequeño lleva en la mano algo del mediano y el mediano ha decidido vengarse con la Guerra de Troya, estampándole un caballo en la cabeza. Lloros, reproches cruzados y la mayor atenta a la tele y ajena a lo demás, sobre todo a sus deberes. ¡YA!
  • 19:10h Baños: todos en la bañera intentarán hacer llegar el agua hasta el último centímetro del parquet (sí, toda la casa incluso cocina y baños son parquet, nos gusta vivir así de “peligrosamente”).
  • 19:30h Y cenas o “el festival en todo su esplendor”: esto no me gusta, mamá, mejor me lo das tú, a ella le has puesto más, ¿pones la tele?, cuántos años tiene la abuela y cuándo se morirá… ring ring: cariño llego tarde… bla bla bla… aiiii, Anna, reina, ¡et truco més tard! Ommms…
  • 20:30h ¡TELEEE TOOONNNTAAA, SÍ, PARA TODOS, SÍ, SÍ, SÍ. La miramos en el sofá (yo fisgoneo el iPhone de reojo) y se respira PAZ. Cobayas en mano, rasca aquí, rasca allá, cada uno con la suya, minutos de gloria antes de… NOOO, NO PIENSO IRME A DORMIR: no, mamá un cuento, y pipí, y me duele la barriga, y te tengo que contar una cosa, y un besito y un abrazo y Mauro no para de hablar. Y por favor una página más y… y… y… son las 21:20h y #dalegasdalegas que la fiesta no decaiga… ;_(
  • 22:00h Me espera una call conference de Listiamo con los socios, un texto comprometido de hoy para mañana y una llamada a la Minimil, otra a la Colorcrema y otra a mi madre. Y Jorge que quiere ver Game of Thrones y yo que le digo que lo siento, que despierte, que no hay más serie hasta Septiembre… Y estoy cansada. Pero estoy contenta. Muy contenta.
  • 00:00h Acabo. Sólo me quedan 2 cosas. Bueno, 3: una página de “Increíblemente Simple” la religión de la simplicidad de Steve Jobs escrita por Ken Segall; preparar la foto de Instagram para mañana; y dar una coz cariñosa a mi marido (virtual, porque probablemente esté de viaje ese día). Bona nit.

P.D: Me despierto a las 2:14h. Mierda, ¡hoy tampoco he ido al gym! Adiós operación bikini.

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Lo estamos, ¿verdad? Bien, digo, que estamos la mar de bien. Bien, de la familia de los bienismos. Imperfectas, ojerosas, cansadas, flácidas, despeinadas, desquiciadas, desbordadas, destronadas, pero curiosamente BIEN. No me parece que a los veinte, libre como un pajarillo, sin hijas, relajada y con el culo (supuestamente) duro estuviera mejor de lo que estoy a día de hoy. Recuerdo con cierta rabia que me sobraba tiempo para destripar mis carencias, mis excesos, mis deseos, mis espejismos y mis Mis. Lo recuerdo como un auténtico coñazo que acababa siempre en el mismo maldito punto muerto: el absurdo de querer ser flaca siendo maciza, comedida siendo pasional o perfecta siendo imperfecta. Ojalá hubiera sido entonces un poquito más sabia y menos anhelante de qué sé yo qué (y ojalá por aquellos días no hubiera pasado cierta putada que contribuyó menos que poco a mi felicidad, para ser justa conmigo misma).

Ahora soy una MoMo, TOMA YA. Me gustaría contárselo a aquella chica indie de veinte años que un día fui: soy una MoMo mediocre que se destripa más bien poco. La cuestión es: ¿han dejado de gustarme las entrañas o me falta tiempo para rebuscar en ellas? ¿he cedido en mis aspiraciones o las he cumplido todas? ¿estoy en mi peso ideal o ha cambiado el perverso canon de belleza? NPI. Pero lo cierto, lo maravillosamente cierto, es que me importa un pepino porque nunca he estado mejor en la convivencia conmigo misma y con mi entorno. Oda al momento en que dejé de ser mi gran prioridad porque creo que en ese punto exacto radica el bendito cambio de estado hacia mi bienestar. Me da cierta grima admitir que ese cambio debió ser aquel que mis padres pasaron años pronosticando: ¡había llegado el día! ¿Qué día? “EL DÍA QUE MADURES…”. Ese día.

Entonces, ya madurita y habiendo renunciado al “mimismo” como prioridad, sucedió que me dio por iniciar proyectos varios: el personal, laboral, vital, aspiracional o el secular. Iniciar proyectos, queridas, fue para mí la clave. Porque esos han sido desde entonces mis nuevos centros de atención, mis variables y mis constantes, aquellas por las que batallo y en las que me auto realizo.

Ahora voy a ponerme obvia, que ya sabéis que a mí eso me encanta, pero soy tan maja que os aviso previamente por si queréis desconectar.

Huelga decir que siendo yo una MoMo mi proyecto-prioridad-axioma supremo son mi par de hijas: ellas son lo mejor que yo he sabido hacer (y eso pese a haberlas hecho casi sin querer). Los días menos buenos, cuando las cosas se ponen borrosas, vuelvo a ellas y ahí recupero el foco: creo, creo, que en eso estoy logrando ser semi perfecta al fin (:D). Y si no, ¿de qué iba yo a iniciar un proyecto-blog para defender mi estatus de Modern?

Empecé este blog con la sana intención de hacer un homenaje a todas las Modern Moders que me fuera cruzando por este planeta (sin planes de visitar ningún otro, por ahora). Son una cuantas las que conozco y querría escanear, y otras tantas las que tengo en el punto de mira. Son genios, las MoMos, fucking heroínas de la vida moderna. Y sus casos son auténticas quimeras para el resto de los mortales, la suma de pequeñas conquistas diarias con las que van superando las batallas de su cotidianidad.

Dejad que os presente el primer caso, el primero que me viene a la cabeza, así, al azar… veamos… anda, el mío. Fíjate tú qué casualidad, lo que son las cosas.

Caso 1 / Roquera, social y coqueta

MoMo Caso 1 / Roquera, Social y Coqueta

Ana, una servidora. 37 tacos. Antes ella y sí misma; hoy Modern Moder.

  • Primer bombo a los 33, niña Greta, de casi 4 años ahora.
  • Segundo bombo a los 35, niña Àlex, de 1 año ahora.

Me niego a plantear la edad de las niñas en meses, porque eso es una trampa mortal para cualquiera que no sea la madre, incluso si lo es pero es una MoMo.

5 claves de sus dos embarazos que tipifican su caso:

  1. Paseaba orgullosa su barrigón por conciertos, cenas y tiendas de la ciudad.
  2. Aguantó enfundada en sus pitillos hasta por lo menos el sexto mes de embarazo.
  3. Juró y perjuró que cuando naciera la niña mantendría la misma agenda social.
  4. Añadió el iPod a la canastilla. Luego la abrió y añadió también una anti estrías.
  5. El parto le cogió en la calle. Literalmente: tirada en la calle. Con bolsas en las manos.

Y esta es su surtida y distendida agenda diaria:

  • 7:00h Suena el despertador, si es que la peque no suena antes. Salto de la cama: estos son MIS 10 minutos antes de que las niñas despierten. Me ducho, me unto en cremas y me visto (sin titubear entre modelitos, bueno, sin titubear mucho).
  • 7:10h Empieza la sesión de fitness matinal, versión carrera de relevos: levantar a Álex, cambiarle el pañal, vestirla y pasársela a Freddy (él le da el desayuno). Despertar a Greta, arrancarla de la cama, acompañarla a hacer pipí y pasársela a Freddy (él le sirve el desayuno). Secarme el pelo en modo intermitente, con parones para gritar: “Gretaaaa, esmorzaaa! ” y “Álex, noooo!”. Pelo seco, dos brochazos y retomar a Greta para vestirla, recogiendo por el caminos los estropicios ocasionales (véase: leche caída, migajas, juguetes asesinos y sucedáneos). Vuelta a Álex mientras Freddy asea a Greta. Luego las camas, sorteando a Álex, y la lista de necesidades de la casa: cereales, crema del culito, jamoncito, yogures, jabón… Al fin los cuatro en la línea de salida: ponemos chaquetas, carteras y complementos, y a las 8:20h salimos de casa. Bah, a las 8:30h.
  • 8:30h Nos besuqueamos medio peleados todos y nos repartimos el territorio: Freddy lleva a Greta al cole; yo a Álex a la guardería, lo que implica que durante el trayecto pesan en mi brazo izquierdo los 10KG de niña, su cartera y mi comida. La mano derecha queda libre para ir aplastándole el pelo, secándole los mocos y abrir/cerrar puertas. A la espalda, los jueves, van también las baquetas. Oye, y en la cara una gran sonrisa y tatareando canciones infantiles por la calle. Entrego al paquetito Àlex en la guardería y me planto los cascos, y de este modo vuelvo a mí. El camino hasta el trabajo me da para escuchar un par de temas. Paro a tomar un zumo de naranja y un bocata de pan de pipas con jamón. Y a las 9h entro por la puerta de Bebop studio, my second life.
  • 9:h a 16h Trabajo, trabajo y trabajo, que se siente menos trabajoso ahora que mi vida personal anda tan completita. Bebop studio es mi primer gran proyecto vital, mi sueño profesional. Porque pasadas las milicias en la BBDO, es un auténtico lujo birmano poder tener un entorno laboral propio para hacer lo que me gusta, lo que sé hacer, y con el apoyo de mis socios, que son mis novios del trabajo, los más mejores, y les adoro. Como rápido en un tupper asqueroso delante del ordenador, generalmente las sobras secas de la noche anterior, y lo hago a en diez minutos porque he decidido que a mis niñas las recojo yo cada día aunque me reviente el hígado. Una madre a la puerta del cole, eso el lo que yo quiero ser. También eso.
  • 16:30h Me planto puntual en el cole de Greta, que está más o menos en la Conchinchina, quizá un pelín más cerca. Greta me recibe con una gran sonrisa y juntas empezamos la andadura de regreso a casa, durante la cual nos subimos a los árboles, recogemos piedras y flores, saludamos a millones de millones de conocidos, compramos avituallamientos varios, pasamos por el médico si toca, por la farmacia, por la mercería, por la frutería… Y, en paralelo, yo voy atendiendo las llamadas de trabajo, los emails urgentes, los marrones de última hora… y todo gracias a Steve Jobs y el fantástico concepto suicida del smartphone. Estar negociando una entrega con un cliente por una oreja, mientras en la otra tienes a una menor de edad intentando perforarte el tímpano, solo es humanamente soportable si antes has interiorizado unas técnicas de meditación muy meditada que me han contado que existen y que a una amiga de una amiga le funcionaron.
  • JUEVES // 17:15h Los jueves son el mejor día de la semana, porque Greta va a música y gracias a ello, ¡yo también! Cuando ella entra en su clase yo entro en la mía: ¡¡¡al fin estoy aprendiendo a tocar la batería!!! Y soy feliz. Creo que si mis padres hubieran accedido a comprarme una durante los años que la incluí en la carta a los Reyes Magos, conociéndome, igual hubiera perdido el entusiasmo y la oportunidad de vivir hoy el placer de cumplir al fin un deseo como este, cuando el tiempo escasea y los vicios más aún.
  • 18h Os juro que soy Modern, de verdad. Pero cuando llegan las 18h voy más que loquita por estar con Àlex… Greta y yo la recogemos en casa de la iaia, que es mi super mami y me hace más favores de los que yo le habré hecho jamás. Ella o mi padre recogen a Àlex cada día en la guardería a las 15h y están con ella hasta que yo llego a buscarla, como hicieron anteriormente con Greta. Y la cuidan con tanto mimo que ella les adora y todos nos adoramos y con tanta adoración parecemos una procesión.
  • 19h Llegamos a casa y lo primero que hago es deshacer las dos carteras, preparar las del día después, dejar a las niñas un rato sueltas (si se dejan) y matar algún temilla laboral (léase, pollo) que haya podido surgir. Al rato llega Freddy y empezamos con los baños: mientras una es enjabonada, la otra es untada en crema y seguidamente enpijamada (piiiip). Y de ahí ya pasamos a las cenas…
  • 20h Álex cena la primera, de eso se encarga Freddy, mientras yo recojo el baño y Greta se pone a ver un rato a Peppa Pig en MI ex-iPad. Algunos días aprovecho entonces para escaparme a tomar algo con alguna amiga o ir al gimnasio (mentira podrida). Si no es así, en ese momento yo paso a ponerme cómoda: zapatillas, ropa de dormir y cara limpia.
  • 20:30h Cuento un cuento a Álex, veinte mil besitos y a dormir. Mientras, Freddy arranca ya con la cena de Greta, que suele alargarse más de lo que quisiéramos porque nuestra niña mayor tiene el estómago del tamaño de un átomo.
  • 21h Mientras Greta acaba de cenar, para mí pueden darse varias situaciones: a/ en el mejor de los casos, no tengo pendientes del trabajo y me siento a ver las noticias de la tele, a husmear por las redes y a ser feliz; b/ en el peor de los casos me toca trabajar un poco; c/ otras situaciones que no cabe detallar aquí.
  • 21:30h Cuento un cuento a Greta (o me lo cuenta ella a mí), lavamos dientes, un pipí, veinte mil besitos y a dormir.
  • 21:31h ¡Freddy y yo nos saludamos! Comentamos la jugada, vemos el tiempo juntos, devoramos alguna de nuestras series y zzzzzz… en el sofá.

Por lo demás, la familia bien, gracias.

¿Habéis llegado hasta aquí? Gracias por aguantar mi soporífera historia. Que la próxima mole más dependerá de vosotras. Os reto: si alguna es más MoMo que yo, que venga y lo cuente. ¡Pero venid!